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CINCO
Diego llegó a su casa maldiciendo por el dinero que tuvo que pagarle a la mujer
del diputado nacional Duarte. El amparo había sido resuelto en tan sólo tres días.
Sabía de clientes que habían iniciado el recurso hacía varios meses y todavía no
tenían sentencia. Diego sintió bronca por ello. “Privilegiados” – pensó con ironía.
Al abrir la puerta encontró a Marcelo, su hermano mayor, mirando un programa de
televisión en un canal deportivo..
- Buenas noches Marcelo - saludó cruzando el comedor para ir a su habitación a
cambiarse.
- Hola Diego, que tal tu día? Preguntó Paula, terminando de preparar la mesa para la
cena.
- Después te cuento – le contestó, arrimando la puerta y besando a María, su mujer y
abrazando a Julia, su pequeña hija de 5 años, quien se había terminado de duchar.
Al rato se sentó junto a Marcelo. Tenía ganas de charlar ya que hacía algunas
semanas que no lo veía, pero lo vio entusiasmado mirando por televisión
un partido del fútbol italiano y decidió no molestarlo.
La cena transcurría animada hasta que observaron por el canal local al diputado
Duarte declarando en un reportaje sobre la necesidad de reordenar el golpeado
Sistema financiero y las dudas que tenía sobre la actitud de los bancos en la
crisis que se estaba viviendo.
- Tiene razón. Hay que sacarle la careta a todas las multinacionales que se
enriquecieron a costa nuestra – afirmó Marcelo en voz alta.
- Te parece?- Replicó Diego. No sería acertado también sacarle la careta a toda la
burocracia corrupta del país?; aquella que se enriquece a costa de todos los que
laburamos y que también están entre nosotros? - .
- No creo que particularmente sea éste tu caso, - respondió Marcelo como
defendiéndose del ataque.
- Tampoco el tuyo- respondió Diego furioso. - Y si quieres hacemos una
encuesta para determinar qué es peor.
- Por favor! - Interrumpió Paula. Terminemos de comer en paz.!
Diego no quiso seguir discutiendo. Marcelo era contador, pero desde siempre
estuvo en política. Hasta hace muy poco tiempo había sido el responsable
de la oficina administrativa de la Cámara. Hoy era uno de los asesores del senador
nacional Diaz. Cobraba tres veces el sueldo de Diego, lo que le parecía una tremenda
injusticia.
Trabajar sólo cinco días al mes ya que Diego lo veía siempre en el negocio de ropa
que atendía con Paula.
Pero no tenía para reclamarle. El lo había ayudado a pagar el departamento
que compró cuando trabajaba en la inmobiliaria. Sonrió nostálgicamente recordando
con quién había ido a verlo por primera vez: Sofía.
Luego de irse su hermano y la esposa Diego sintió cansancio. Besó a María quién
estaba limpiando la cocina y se acostó a dormir. Había terminado un día de locos.
Ese viernes amaneció frío y lluvioso. Diego salió preocupado porque seguramente
le tocaría un día peor que el anterior. Y eso pasaba. Los días en
el banco se habían convertido en una tortura. Al llegar ingresó por una de las puertas
laterales, escondiéndose otra vez de los clientes que estaban aguardando en la
puerta la apertura del banco.
Cerca de las diez de la mañana los ahorristas protestarían nuevamente por la
devolución de sus ahorros, con sus ya típicas cacerolas y pancartas.
En el cajero de un banco colega una jubilada y su marido habían simulado
una playa, colocando arena en el interior del mismo. Sentados en unas cómodas
reposeras y con una sombrilla para sol como escenario, decidieron pasar las
vacaciones allí. Su dinero había sido retenido por el corralito financiero.
Con una gigantesca Tonomac como compañía se quedaban a pasar el día en
ése lugar, invitando a los clientes que entraban al banco a tomar mate con las
facturas que la panadería de la esquina les regalaba todos los días. Por la tarde, ya
cuando el sol no daba sobre ellos, regresaban para volver al día siguiente.
Los medios periodísticos locales les hacían notas cada semana. En una de ellas
invitaron a los que quisieran que los acompañen, ya que tomaban sol con aire
acondicionado.
Ya dentro del banco saludó como todos los días y entró en su oficina. Comenzó a
ordenar la tarea del día. A las once tenía una reunión en Defensoría del Pueblo por
otra denuncia de intereses abusivos en los resúmenes de tarjetas de crédito. Al
mediodía tenía que abonar otro amparo.
Uno de los empleado ingresó a su oficina - Diego, hay una persona que desea hablar
contigo.
- Quién es? – preguntó.
- No me quiso decir . Tiene un recado para entregarle.
- Esta bien. Que pase – respondió Diego.
Al abrirse la puerta Manuel Baez ingresó a la oficina.
- Buenos días señor Castell
- Hola Manuel. – le contestó Diego, sin prestarle demasiada atención, ya que tenía
tres abogados recién llegados para presentarle nuevos recursos de amparos. - En qué
puedo ayudarte?
- Sólo quería avisarle madre ha fallecido la semana pasada… usted sabe. La
enfermedad que padecía se complicó demasiado y… no pudo resistir.
Una de sus últimas voluntades fue que le entregara éste sobre en sus propias manos.
Muchas gracias, y disculpe la molestia.
Diego cerró los ojos sintiendo cómo esa noticia le golpeaba el alma. Se imaginó
tratando de alcanzarla la última vez que habían estado juntos para pedirle disculpas,
sin poder hacerlo.
Se imaginó a Clara caminando ése mediodía hacia su casa , ya sin esperanzas de
volver a tener el dinero en sus manos…Antes de morir.
Luego de varios minutos paralizado por la noticia, observó el sobre que Manuel le
había dejado en su escritorio. Temblando rompió el borde y sacando una hoja que
se encontraba adentro, comenzó a leer:
“Estimado Diego:
Antes que nada mis disculpas por haberme comportado en forma
inapropiada la última vez que estuve con Usted. Era mi intención decírselo
personalmente, pero ya no puedo levantarme de la cama. La enfermedad se ha
agravado debido a que no se controló en tiempo y forma, y ayer los especialistas
nos dieron pocas esperanzas. Pero si Dios así lo ha dispuesto por algún motivo será.
Por ello estoy despidiéndome de las personas que no he podido ver y aprecio de ésta
forma, mediante una carta. Y quería expresarle que usted es uno de esas personas.
Gracias por enseñarme que, a pesar de no haber sido una gran ahorrista, no hay que
tener temor de “hablar con el gerente” todas las veces que uno quiere. Gracias
porque usted no es de aquellos que miran cuán rentable es un cliente para atenderlo.
Gracias por haber sido en éstos años, mi psicólogo, mi terapeuta, mi descarga a tierra
y si me lo permite, también mi amigo.
Y gracias porque usted, como muchos de los que trabajan en este tipo de empresas,
son los únicos eslabones de carne y hueso de tiránicas organizaciones que
únicamente maximizan ganancias, sin importarle un rábano su razón de existir:
nosotros. Y son personas como usted, las que le agregan la única cuota de
humanidad que vemos dentro de éstas frías paredes. Personas como usted, esas que
no disimulan sus emociones ni piensan sólo en eficiencia y efectividad son las que
sobrevivirán al paso del tiempo; son las que quedarán en nuestro recuerdo. Personas
como usted son las que, en definitiva, hacen que éste mundo de robots, tecnología y
computadoras sea todavía un mundo digno de ser vivido. Aunque sea cada vez más
difícil encontrarlos. Yo lo encontré a Usted… gracias a Dios .
Si me lo permite, voy a pedirle dos favores: uno de ellos es que no sienta culpa por lo
que me ocurre. Dios hizo que sea usted y no otro el gerente de la sucursal, el cual
conocí desde que comenzó su carrera en el banco, y alguna razón habrá. Creo que
la sabré muy pronto el motivo.
El otro pedido es que aconseje a Manuel. Apenas tiene veintidós años y aunque
la vida le está enseñando, y mucho, todavía necesita buenos consejos. Pobre, ya su
padre no está en condiciones de guiarlo en la vida, y estoy convencido que usted
podrá ayudarlo. Sé que lo hará de corazón.
Ah! Está buscando trabajo, estudia ingeniería en informática y posee muy buenas
calificaciones. Le enseñé desde pequeño lo que significa la ética, y aunque la
misma no esté de moda en el mundo en que vivimos, ha aprendido muy bien lo
que significa, y estoy seguro que no me defraudará. Ni usted.
Gracias por leer éstas líneas. Siempre está en mis oraciones, y en mi corazón.
Clara.”
Dejó caer la carta sobre el escritorio y no se esforzó en contener las lágrimas, que
lentamente se transformaron en un desconsolado llanto.
Mientras tanto, en el sector contable ya se había cargado el certificado le defunción
que Manuel había traído. Diego, un segundo después, vió el aviso en su computadora
solicitando que confirmara con su clave la opción “DAR DE BAJA”, a Clara Baez:
un cliente de banca personal. Eso es lo que eran todos, simple estadística.
- Váyanse al carajo!! – gritó, descargando su bronca con un golpe al escritorio.
Aunque el salón estaba colmado de gente, nadie lo escuchó; ni siquiera Manuel,
quién ya se había ido. Quién le prestaría atención a tan común y cotidiana noticia?
Al levantar la vista, un pequeño haz de luz lo encandiló. Allí, en el rincón de
su oficina, la insignia del banco en la solapa de su saco brillaba con más fuerza que
nunca, como queriendo burlarse de lo que estaba ocurriendo; indiferente a todo.
Se levantó del sillón y caminando hasta el perchero la arrancó con rabia.
Durante años había estado allí, muy cerca de su corazón. Sonrió amargamente
al recordar la frase de su primer gerente, quién luego de felicitarlo por ingresar al
“banco líder en el mundo”, le colocaba por primera vez la estrella, mientras le decía:
- “Desde hoy ésta insignia te distinguirá de los demás; y debes lucirla orgulloso,
como tus compañeros diseminados por el mundo, desde Nueva York hasta Hong
Kong, desde Londres hasta México; o aquí mismo, en la Argentina. Todos ellos,
hacen del banco, el mejor lugar del mundo para trabajar, y el banco del cual todos
quieren ser clientes”
Miró por última vez aquel pedazo de metal, y apuntando hacia el cesto de residuos,
con un certero tiro lo lanzó dentro de recipiente, mientras se repetía: - “Esta es
exactamente la imagen que tiene la gente de los bancos y de nosotros. Pura basura”-
Un instante después, abrió el cajón de su escritorio donde guardaba el recorte que
Clara le dejó la última vez que estuvo allí. Con título catástrofe estaba la prueba del
delito, cuyo encabezamiento parecía burlarse de él:
“LEY DE INTANGIBILIDAD DE LOS DEPOSITOS.
Art. Primero…”
Sin pensarlo se sintió un asesino.
- “Ves Manuel? - Murmuró para sí - Esto se llama ética en las empresas”. Tu
primera lección – dijo, mientras colocaba dentro de una carpeta de amarilla dos
solicitadas que fueron publicadas en el diario La Nación unos meses atrás, y
archivadas en el fondo del cajón.
Una de ellas afirmaba que los bancos no eran los responsables de las dificultades que
enfrentaban los ahorristas, con un encabezado que decía: “Una verdad que debe
conocerse”. La otra titulaba a página entera “A todos los argentinos”, y mostraba su
preocupación por los “reiterados y crecientes ataques que, en el último tiempo,
venían recibiendo los bancos, sus empleados y directivos”.
En una de las tapas de la carpeta escribió con fibra negra:
“Entregar a:
Manuel Baez
Segunda Lección: El pez por la boca muere” Recuerdalo siempre...a mì me pasò...
A las trece y veinte minutos Diego salió a almorzar, como habitualmente lo hacía. El
Banco había cerrado ya sus puertas y por fin había adelantado trabajo; los informes
estadísticos sobre los amparos nuevamente los había enviado por mail, y la
planilla de control de mora estaba en órden, decidiendo tomar un recreo e ir
hasta la librería Mauro. Pero al recorrer las tres cuadras que lo separaban del
bar de siempre, tomó conciencia de lo que acontecía a su alrededor.
Si bien no parecía haber cambiado la escenografía, se sintió un turista caminando
por algún extraño país. Personas que identificó como ahorristas, ya cansados de
golpear cacerolas protestando frente a los bancos se alejaban, para seguramente
regresar al día siguiente. Otrora orgulloso, el tradicional paseo peatonal exhibía
locales vacíos como nunca antes había visto. Y en lugar de eso, aquel surrealista
escenario incluía a nuevos actores que nadie había contratado; colas de desocupados,
quienes lentamente avanzaban ingresando al banco estatal que, que en horario
especial, estaba pagando el subsidio para desocupados. Y todo ello ocurría a su lado,
como en la mayoría de ciudades del país.
Y pensar que toda ésa gente siempre estuvo, pero no las ví, o directamente ignoré ! ”
– razonó amargamente.
Ahora podía ver…podía reaccionar. Clara le estaba mostrando el camino.
Ahora se daba cuenta que muchas de ésas personas tendrían su edad, y se preguntó
que los diferenciaba. Al llegar a la esquina tuvo que detenerse mientras un
contingente de escolares, con su tradicional vestimenta a cuadros de jardín de
infantes, pasaban a su lado.
- Señor!. Señor! – gritó uno de ellos. – Nos ayuda a cruzar la calle?
Levantó la vista buscando a la maestra, quién sonriendo asintió con la cabeza.
Entonces, Diego se acercó al niño que lo había llamado y tomándolo de la mano,
cruzaron de la mano calle Tucumán hacia el norte.
- Nos acompaña a cruzar la otra vereda? – preguntó el mismo niño.
- Si, con gusto – respondió Diego.
Mientras caminaba junto a ellos pensaba “Tendrán la edad de Matías, cuatro o cinco
años ”, y seguidamente hizo silencio para escuchar lo que charlaban entre ellos.
- Mi papá es mecánico, y arregla todos los autos que van a su taller. – dijo uno.
- El mío tiene un peugeot 504 que hace tiempo no anda, y no puede arreglarlo porque
está sin trabajo. Lo podría llevar al taller de tu papá? – preguntó una niña de rizos
rubios con unos hermosos ojos celestes.
- Si…dale. Y el arreglo me lo pagás cuando seamos grandes y seas mi novia –
respondió el chiquilín con una sonrisa cómplice llena de dulcura.
Otro niño agregaba.- Mi papá no necesita mecánicos porque se compró una
camioneta que dice “cuatro por cuatro” nuevita. Y me enseñará a manejar cuando
sea más grande.
- Cuando andaba el auto de papá, él me llevaba en su falda y yo agarraba el volante –
dijo una niña de cabello largo.
- Bruno, que lindas zapatillas ! - interrumpió otro niño.
- Mamá me las regaló para mi cumpleaños. Querés que te averigüe donde las
compró? – respondió Bruno.
- Si!! Así le digo a mamá que me las compre.
Todos sonreían mientras hablaban. Estaban vestidos con el mismo uniforme y no
se preocupaban por tener la mejor ropa o zapatillas. Tampoco les importaba
demasiado el colegio donde cursaban, sólo que la maestra sea simpática, juegue con
ellos y les perdone las travesuras.
Seguramente soñaban con el día que sus padres les enseñara a manejar, pero no les
importaba el modelo: para ellos una 4x4 o el viejo peugeot 504 eran lo mismo.
Y tampoco hacían diferencia: su padre podría estar sentado en el sillón de CEO de
alguna multinacional veinte pisos más arriba definiendo los destinos de sus
empleados o estaba allí, a veinte metros, esperando en la cola para cobrar el subsidio.
Era su padre y lo querían igual.
“Ricos… pobres. Cuál era la diferencia? A ellos no les interesaba.
“Ricos en qué, dinero?” – Preguntarían aquellos niños – “Pobres en qué, amor, fé,
honestidad, ética?
Y afirmarían, con la autoridad única que les da la más pura inocencia: “los pobres y
los ricos es una fantasía que inventaron ustedes, nuestros papás, para diferenciarse.
Realmente sirve para algo?
Cuanta razón tenían! – pensó Diego. - Me avergüenzo tanto por ello!.
Salió del banco a las seis. Se preguntaba si llovería, ya que el cielo estaba gris.
Mientras cruzaba rumbo a la cochera divisó su presencia. Sofía, a lo lejos, caminaba
por la vereda, y al darse cuenta que la estaba observando apuró el paso, como
queriendo evadirlo.
Diego le había pedido disculpas por teléfono, así que no entendió esa actitud. Pero
una enorme tristeza lo invadió. Por un instante deseó estar frente a ella para pedirle
explicaciones, pero no lo hizo. Para qué? Era inútil seguirla; y sólo la observó
mientras ella se alejaba, de ése lugar y de su vida
Recorrió los metros que lo separaban del auto para regresar a casa. Había tenido un
día de locos. Otro más.
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